Aún no te lo crees. A pesar de que han pasado ya varias horas, intentas hacerte a la idea pero no puedes.
Os despedís, está lloviendo. Te mueres de ganas de ir, abrazarle y decirle que no pasa nada, que no se preocupe. Que todo va a ir bien. Pero no lo haces, te despides con la mano y continúas andando, lo mas rápido que tus piernas te permiten. Estás rodeada de amigos, y aún así te sientes la persona mas solitaria del mundo. Te duele el estómago de una manera imposible, tienes ganas de que alguien (por alguna maravillosa casualidad de la vida) escurra con el agua de las calles y caiga sobre ti, que apriete bien fuerte. por si se quita el dolor. Pero no ocurre. Llevas una hora conteniéndote, aguantándote las lágrimas y apretando tan fuerte como puedes los labios, porque si hablas explotas. Una vez dentro aparece uno de los amigos que más quieres. Vaya, eso si que es suerte. Claro que, él no necesita más que verte para saber que estás sufriendo. Y te abraza, y lloras como si tuvieses 10 años, porque no podías más, porque te dolía por dentro. Vaya, parece que te gustaba mucho más de lo que creías. Pues vaya mierda.
Pasa la noche. Apenas bailas. Apenas ríes. Apenas tienes ganas de seguir ahí. Ahí, o en ningún sitio.
Le ves. Le ves una, dos, tres millones de veces. Él... O no te ve. O no te mira. O ya te has vuelto invisible.
Tu estómago empieza a dar vueltas sobre sí mismo, y no lo entiendes. Algo te dice Ve, tonta, acércate a él, lo estás deseando. No ha hecho nada que no pudiese hacer, todo estaba permitido y tú lo sabías, gilipollas.
Pero, gracias a Dios, la otra parte de tu cuerpo te dice No te atrevas a acercarte. Él no tiene ganas de verte ahora, quiere disfrutar y tú sólo vas a conseguir joder un poquito más lo poco que hubiese.
Entonces, un chico en el que pensaste más de una vez en el pasado se te acerca. Habla contigo, consigue sacarte una sonrisa. Empieza a acercarse poco a poco. Pero se hace demasiado, hasta el punto de darte asco. Ironías de la vida. Es un chico guapísimo. Quizás nos veamos otro día, hablemos y todo sea maravilloso, pero en una noche así ni tan siquiera el mismísimo Anakin Skywalker se hubiese ganado un beso tuyo.
Decides marcharte, no sin antes despedirte de todos tus amigos. "Amigos?" te preguntas irónicamente. Amigos, y una mierda. No veo que nadie te preguntase Cómo estabas.
Te acercas a la única persona en la sala que parece entenderte, el chico del abrazo del principio. Te abraza una y mil veces más antes de dejarte marchar, y te das cuenta de que todavía quedan personas maravillosas en este mundo.
Y llega el momento en el cual él está delante tuyo, y no parece ni mirarte. Te despides incluso de un amigo suyo, pero él ni tan siquiera se acerca. Así que te vas, y según das un paso y otro empiezan a caer pequeñas lágrimas. Joder. Lo peor es que todavía te queda una mínima esperanza de que de repente alguien te sujete el brazo, y te dé un beso. Alguien, si, claro.
Llueve, y llueve muchísimo, pero no te importa. Caminas bajo la lluvia, despacio, aún con esa pequeña esperanza de mierda. Nada. Claro, siempre es así.
En el autobús de camino a casa vas hablando con un chico, tan simpático que por 45 minutos te hace pensar en cualquier cosa alejada de tu mente. Perfecto, alguien más para la lista de "Personas maravillosas de esta noche".
Has llegado a tu barrio. Llueve incluso más que antes. Estás tiritando, pero eso es normal porque tú casi siempre tiritas. Lo cual te hace recordar cuando él te abrazaba fuerte para darte calor. Vaya puta mierda, otra vez las lágrimas.
Te sientas en un banco, ya estás empapada por lo que un poquito más de agua no vendrá mal. Piensas.
Te preguntas una y mil veces qué se supone que has hecho tu para que todo acabase así, ni tan siquiera despidiéndoos. Como si fueseis completos desconocidos.
Deseas que todo vuelva a empezar, estar en un concierto y verle a dos metros de ti. Y pensar, Guaoh, tiene algo. Tiene esa cosita que te da ganas de sonreír y arrugar la nariz.
Te replanteas el karma, si alguna vez hiciste algo tan negativo como para llegar a este punto. Porque sabes que todo eso que hubiese, que al fin y al cabo no era nada, ha terminado. Y te jode. No quieres que termine así. Lo peor es que sabes que no quieres que termine. Y eso te jode aún más.
Llegas a casa. Te secas como puedes con una toalla, te pones el pijama. Miras esas braguitas tan bonitas que habías comprado para volverle loco.Y te da rabia, y las coges con la mano derecha, y las aprietas muy fuerte.
Estás en la cama. Le llamas. Nada. Pasan los minutos, las horas. Al tremendo dolor de estómago que tenías se le añade el pinchazo que da cuando llevas demasiadas horas sin comer nada. Tampoco tienes hambre...
Se hace de día. Piensas en bajar a la calle, y que él esté ahí, con un ramo de flores y unas Vans quizás.
Aunque realmente, con que esté te conformas. Pero sabes que eso jamás ocurrirá, lo cual por un lado te causa un tremendo alivio. Pero, por otro, un poquito más duro, sabes que te duele.
Tonta, que eres Tonta. Por hacerte ilusiones cuando no debías, por ser demasiado empalagosa. Por llamar, por mandar mensajes. Por querer verle cada día. Por decirle vaya, hoy me muero de ganas de estar contigo.
Lo peor de todo, al fin y al cabo, es que todo halla cambiado. Al menos, que halla cambiado tan bruscamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario